Cuando el crítico literario de La Mañana, Mario Ramos, acabó de leer el artículo de su colega Carlos Zambrano, aparecido en la última edición dominical, sintió que por fin todo había terminado. A pesar de las duras críticas de su antiguo compañero y amigo, Mario se sintió aliviado. Inclusive algunas lágrimas aparecieron en sus ojos y se deslizaron por sus mejillas, mojando las hojas del periódico que mantenía sostenido con ambas manos.
Ramos estaba sentado en su estudio y de vez en cuando levantaba los ojos para mirar por la ventana la leve llovizna matutina que comenzaba a caer sobre el parque donde algunos de sus vecinos sacaban a pasear sus perros. Y Ramos, mientras avanzaba en su lectura, se debatía entre la alegría y la vergüenza. Sabía que el tormento de los últimos años estaba terminando, pero también no podía dejar de sentir que su carrera acababa de una forma terrible, de una forma que el nunca imaginó y de la cual no podía sentirse orgulloso.










