No he podido sacar de mi cabeza la cara de ese hombre. Pasaba por inercia los canales del televisor cuando me detuve en un programa de concurso. Ricardo, de unos 40 años, con su nombre escrito en un pequeño rectángulo de papel sujeto al lado izquierdo del pecho, estaba diciéndole al conductor del programa que era la cuarta vez que salía sorteado para participar. “Increíble”, dijo el conductor y miró hacia el público que le respondió automáticamente con un estruendo de aplausos. “Esperamos que esta vez se lleve el premio mayor: ¡1 millón de reales!”. Otra vez los aplausos, un tanto más fuertes que antes. Alguien silbaba con fuerza desde algún lugar indeterminado de la platea.
Una tragedia contemporánea
5 NovTres ataúdes blancos de Antonio Ungar
22 Oct
Cuando supe que Antonio Ungar había ganado el Premio Herralde 2010 con su novela Tres ataúdes blancos me alegré. Para mí Ungar está en el grupo de los mejores escritores de Colombia en la actualidad (digamos en el Top 10). En un artículo anterior sobre literatura colombiana publicado en la Revista Grumo había destacado su prosa cuidada, su énfasis en el detalle, la construcción certera de sus personajes, la profundidad y complejidad de su narrativa. Elementos que confluyen en una novela como Zanahorias voladoras y en algunos de sus cuentos. Infelizmente nada de esto encontré en mi lectura de Tres ataúdes blancos. Y no se trata del viejo prejuicio literario contra el thriller o el policial. Afortunadamente no sufro de esta enfermedad académica crónica.
Fútbol, literatura y epifanía
9 Oct
He tenido a lo largo de mi vida dos pasiones fundamentales: el fútbol y la literatura. Ambas me ayudan a encontrar un sentido para la existencia o por lo menos a olvidar por momentos la incertidumbre y las dudas metafísicas que me persiguen a diario, para instalarme en un espacio paralelo, un mundo que está más allá de la realidad inmediata, una suspensión de la cotidianidad y del acompañar los segundos hacia la nada. En ambos espacios puedo encontrar la felicidad, aunque a veces sea una felicidad frágil y pasajera, pero también la tristeza y la decepción. Un buen libro como un buen juego me dejan en un estado eufórico y casi místico. Una imagen de una novela, una frase, un diálogo inteligente, así como una pared en la entrada del área grande que termina en gol o un pase perfecto desde la mitad de la cancha que deja al delantero mano a mano con el arquero, pueden conducirme a momentos de iluminación o epifanía. Pero una mala novela, o un gol en el último minuto que elimina a mi equipo de La Libertadores suelen dejarme deprimido y con una rabia profunda que me carcome las entrañas y que tarda buen tiempo en desaparecer.
El poeta del abismo
2 Oct
Nació en Santiago a finales de abril de 1953. El mismo año en que murió Stalin y Dylan Thomas, personajes que aparecían en sus sueños, sentados a una mesa pequeña y redonda, en un bar de Ciudad de México, luchando para ver cuál de los dos aguantaba más bebiendo (Dylan Thomas whisky y Stalin vodka).
De niño vivió en Valparaíso, Quilpué, Cáuquenes y Los Ángeles. De esos años guardaba la imagen de su abuela, llevándolo de la mano por algún desierto iluminado de Chile.
Buenos Aires 2008
19 Sep
Mujeres salidas de un anuncio de Dior o Carolina Herrera. Niños negros, o casi negros, pidiendo dinero en la calle. Una puta en Lavalle. Punkeros, emos, metaleros. Viejas elegantes tomando té y comiendo alfajores atrás de inmensos ventanales. Turistas abriendo sus mapas. Iglesias evangélicas, cines, McDonalds. Almacenes de cuero, electrodomésticos, celulares. Los tribunales en paro, la universidad en paro. Librerías de nuevos, librerías de usados. Papelitos amarillos en los teléfonos: señoritas rubias y morochas. Un hombre gordo durmiendo sobre bolsas de basura. Un perro al que le falta una pierna. Vendedores ambulantes, una Harley Davidson. Ambulancias esquivando los autos, muertos en las esquinas, señales de tránsito escondidas bajo un graffitti. Una placa de metal en un viejo edificio: “Por razones de higiene se ruega no escupir en el piso”. Otra: “Habiendo escalera el dueño no se responsabiliza por los accidentes en el ascensor”. Huracán y San Lorenzo en la tele, un bar de River, Aguafuertes porteñas. “Esto es Argentina”, dice el viejo mirando la tele, la cabeza de un lado a otro. “Así que esto es Argentina”, me digo, sin mover la cabeza.
Una mañana cualquiera
21 Ago
Yo ví lo que sucedió desde lejos. Estaba sentada en una banca del parque esperando la hora para entrar a mi oficina. Ví cuando el viejo estacionó su auto. Lo ví cerrar la puerta y dar algunos pasos en dirección al norte. Luego lo ví llevarse la mano derecha a la frente, inclinando el cuerpo un poco hacia atrás. Dio la vuelta y volvió hasta el auto. Miró por la ventanilla del conductor y movió lentamente la cabeza de un lado a otro. Después intentó abrir la puerta jalando varias veces la manija sin conseguirlo. Lo ví dar la vuelta y hacer lo mismo con la puerta del pasajero sin ningún resultado. El viejo levantó un instante la mirada. No recuerdo con precisión su rostro. Ahora sería útil recordarlo pero no lo consigo. Tal vez tenía barba y estaba casi calvo. Pero no estoy segura. Seguir leyendo
La autobiografía
18 JulManizales, martes 12 de marzo de 2005
Apreciado Julio:
En verdad agradezco profundamente los comentarios que hace sobre el primer capítulo de mi autobiografía que está siendo publicada en la revista Fuegos. No es común recibir, en estos tiempos de Internet y correo electrónico, una carta como la suya, escrita a máquina por lo demás, ¿también usa una vieja Rémington 170? Siempre he considerado vital para el oficio de escritor mantener un contacto frecuente con los lectores y en este caso, créame no es un elogio de ocasión, con un lector tan inteligente y perspicaz como lo es usted. Comparto sus observaciones sobre algunas caídas en el ritmo de la historia, especialmente con relación a los años de la adolescencia. Creo que es una falla que debo atribuir a mi memoria que, por alguna razón que ni mi psicoanalista ni yo hemos podido descifrar, tiende a colocar una nube gris sobre aquellos años y a revelar solamente algunas imágenes específicas, mientras otras aparecen distorsionadas, como vistas a través de un espejo irregular. En todo caso, espero que el conjunto completo de la narración compense esos pequeños altibajos de ritmo y pueda ofrecer un mayor placer en la lectura.
Reciba un cordial saludo,
Rubén Darío Carvajal.
Vejez, literatura y amor
19 Jun
En un artículo de 1982 publicado en el diario El Espectador de Bogotá, García Márquez cuenta que después de haber leído literatura japonesa por más de un año, la obra que más le había impresionado y la única que le hubiera gustado escribir era La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Veintidos años después, García Márquez le rinde un tributo al escritor japonés con su novela Memoria de mis putas tristes, en la cual un antiguo profesor de gramática y ahora periodista de provincia decide regalarse en su cumpleaños número noventa, una noche de amor con una adolescente virgen. La historia recuerda el libro de Kawabata que gira en torno a una mansión de Tokio en donde los ancianos burgueses pagaban para pasar una noche contemplando a las mujeres más bellas de la ciudad mientras dormían desnudas y narcotizadas a su lado. El tributo literario de García Márquez se confirma con el epígrafe de la novela de Kawabata y en el transcurso de la historia pues el protagonista, conocido solamente por el apodo que le pusieron sus alumnos, “Mustio Collado”, nunca llega a tocar a la niña que le consigue su amiga Rosa Cabarcas, dueña del burdel que él solía visitar. Seguir leyendo
El radio
5 Jun
En el centro hay un hombre que camina escuchando un radio viejo. El hombre le habla al radio y el radio le contesta y presiento que no importa qué le contesta: el hombre siempre ríe.
A su lado camina un perro que no sabe que es un radio ni le importa.
El día que al radio se le acaben las pilas, ambos morirán.
Escritores asesinos
23 May
En el transcurso de la novela de Roberto Bolaño Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984), el personaje central, Ángel Ros, escribe una novela en catalán titulada Cant de Dèdalus anunciant fi, donde el protagonista es un asaltante de bancos y especialista en la obra de James Joyce. Dice Ros: “Lo importante, por supuesto, no eran los atracos ni su vida clandestina, sino el hecho de que fuera un entendido en Joyce. Parecerá extraño que un hombre violento, un desvalijador de bancos, sea al mismo tiempo un erudito digno de pertenecer al menos al círculo de los archiveros de Joyce en España.”
En la última frase está una de las pistas centrales de la obra de Bolaño, una idea pre-fabricada que él ataca con insistencia desde sus primeros textos: que un hombre de letras, un artista, no puede ser al mismo tiempo un ser vil, un criminal y un asesino. Gran parte de su obra parece escrita para demostrar lo contrario: que un artista puede ser también un asesino. La operación que realiza Bolaño y que caracteriza buena parte de su obra narrativa, hace confluir lo artístico, asociado a la belleza, con lo criminal, asociado al mal y a la perversión, para crear personajes que potencializan la transgresión de las normas morales y sociales.

