El teatro de la memoria de Leonardo Sciascia

17 Nov

image_1165_1_61813“La experiencia de una tempestad en el mar hasta un imbécil no la olvida y sabe contarla; pero para una tempestad en una copa de champaña es necesario el genio de Proust”

Leonardo Sciascia

 

Tal vez la historia del profesor Giulio Canella, nacido en Padua el 2 de diciembre de 1882, y desaparecido en combate en Monastir, cerca de Macedonia, el 25 de diciembre de 1916, hubiera pasado rápidamente al olvido sino fuera por los curiosos hechos relacionados con su supuesto retorno. Hechos que motivaron una intensa polémica sobre identidad, memoria e impostura en la Italia de la época.

El escritor italiano Leonardo Sciascia recupera y narra esta historia en su libro El teatro de la memoria (Il teatro della memoria), publicado originalmente en 1981. La historia comienza el 10 de marzo de 1926, cuando la guardia municipal de Turín arresta un hombre que robaba una copa de bronce del cementerio judío. Al ser llevado a la comisaría el hombre afirma estar sin memoria: no recuerda su nombre, su origen, no posee documentos de identidad. Después de un rápido examen médico la policía lo envía al manicomio cercano a Collegno. En Collegno los médicos le diagnostican un “estado mentalmente confuso y depresivo”. Durante casi un año el desconocido pasa a vivir serenamente en el manicomio, adaptándose fácilmente a la rutina del lugar, dando muestras evidentes de mejoras en su salud, pese a no recuperar la memoria. Lógicamente la administración pública no podía permitirse el lujo de mantener por mucho tiempo un ciudadano en estas condiciones, es por eso que deciden tomar una fotografía del desconocido y publicarla en La Domenica del Corriere, el semanario italiano de mayor difusión en la época, con la esperanza de que algún familiar pueda identificar al desmemoriado.

Eran numerosos los casos de personas desaparecidas en la guerra, por lo que el manicomio recibió varias cartas para obtener más informaciones sobre el “desmemoriado de Collegno” como fue después conocido este personaje. Entre ellos estaba el profesor Renzo Canella que pensó reconocer en el hombre de la fotografía a su hermano, el también profesor Giulio, dado como desaparecido en combate en diciembre de 1916.

Renzo Canella visitó el manicomio y se encontró con el desmemoriado. Aunque en un primer momento declaró no haber reconocido a su hermano (había algunas marcas físicas que Giulio tenía y que el desmemoriado no tenía), al volver a Verona Renzo duda, recuerda algunos gestos de aquel hombre, el parecido físico con su hermano, y esta vez afirma que en realidad no podría estar seguro si aquel hombre era o no su hermano desaparecido. A partir de esa primera duda el tema de la identidad y del reconocimiento se vuelve también una cuestión donde el deseo de recuperar a un ser querido y negar su desaparición, pasa a jugar un papel central entre los familiares y amigos del profesor Canella.

Después de la visita, el desmemoriado escribe una carta para Renzo que, leída con la distancia de los años, permite ver que hay algo extraño en la forma como el desmemoriado intenta “querer ser” el profesor Giulio Canella. Él quiere recordar, “siente” que lo une al visitante un sentimiento de amor filial, pero lamentablemente no puede recordar nada. Sin embargo, la carta causa el efecto esperado en Renzo y en su familia y así se suceden varias visitas de amigos y personas que conocieron a Giulio para intentar descubrir si se trata o no del profesor desaparecido. La sucesión de encuentros no es conclusiva. Algunos amigos creen reconocer al profesor, aunque persisten las dudas.

Durante todo el proceso se va construyendo aquel “teatro de la memoria” al que hace referencia Sciascia en el título de su libro, pues el desmemoriado aparenta recordar “estratégicamente” algunas cosas, aunque continua olvidando muchas otras. El punto culminante del reconocimiento ocurre con la visita de su esposa, la señora Giulia Canella, que después de algunas dudas iniciales abraza al desmemoriado y llora en sus brazos reconociendo al fin a su marido extraviado. “¿Memoria real para la señora, artificial para el desmemoriado?”, se pregunta Sciascia, “¿O real para ambos? ¿O para ambos artificial? Grande e insondable es el misterio de la memoria”.

Hasta aquí la historia parece cerrarse con un final de amor feliz. Sin embargo una carta anónima enviada para la policía y para un amigo cercano a la familia Canella, afirma que el “desmemoriado de Collegno” es en realidad Mario Martino Bruneri, turinés, tipógrafo, casado con Rosa Negri, y que la familia Canella está siendo víctima de un impostor.

A partir de ese momento la historia se transforma en un proceso kafkiano en el que dos grupos, los Bruneri y los Canella, liderados por sus respectivos abogados, reclaman para sí la verdadera identidad del desmemoriado.

Todas las pruebas, testimonios, documentos y hasta huellas digitales (que comenzaban a usarse en aquella época) certificaban que el desmemoriado era en realidad Mario Bruneri. Tipógrafo que se había especializado en estafas y pequeños robos y que, ante la perspectiva de ser condenado e ir a prisión, había decidido primero fingirse loco y amnésico y luego cuando surgió la oportunidad, suplantar al desaparecido profesor.

Las evidencias eran casi infalibles. Y digo casi porque la señora Canella nunca cede en su convencimiento (o en su deseo) de que el “desmemoriado de Collegno” sea su amado esposo, el profesor Giulio Canella. La habilidad de sus abogados consiguen generar la duda en los jueces y en el público lector que acompaña el caso como si se tratara de un folletín del siglo XIX. Inclusive llega a plantearse la existencia de un supuesto complot de las autoridades policiales para culpar un inocente. ¿Con cuál objetivo? Eso nunca queda muy claro.

El hecho es que el proceso Bruneri/Canella se alarga durante años en los tribunales. Tiempo suficiente para que la señora Canella de a luz dos hijos con su amado esposo (o con su amado impostor). Sin embargo, y pese a un informe de 210 páginas presentado por parte de los abogados de la familia Canella, y al libro no menos extenso (310 páginas) publicado por Giulio Canella, titulado En busca de mí mismo, el 1 de mayo de 1931 el Supremo Tribunal de Justicia llegaba a una sentencia definitiva en la cual confirmaba la identidad del desmemoriado como siendo Mario Martino Bruneri, tipógrafo de Turín, casado con Rosa Negri.

Para esa época los Canella se encontraban en Rio de Janeiro, adonde habían emigrado (o escapado), ciudad en la que vivía el padre de la señora Canella. Desde allí continuaban su lucha incansable por demostrar que el desmemoriado de Collegno era Giulio Canella y no Mario Martino Bruneri como querían hacer creer los jueces, los testigos y todas las pruebas factuales.

En 1935 el profesor Giulio Canella publicaría en Brasil un resumen histórico de sus atribulaciones titulado Después de ocho años de lucha. En el libro, escribe Sciascia, “el profesor era el profesor: sereno, solemne, pensativo. Y la memoria era su memoria, ya tan repleta de hechos que recordaba una granadilla que se abre”.

Escrito como una crónica periodística, veloz y directa, pero sin perder profundidad y poder de reflexión sobre los complejos temas que aborda, la narrativa de Sciascia sabe atrapar al lector como seguramente ocurrió en aquellos años, cuando el caso Canella se presentaba diariamente en la prensa italiana.

 

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Basado en esta historia Pirandello escribió la obra Come tu mi vuoi. Fue justamente después de ver la puesta en escena de Susan Sontag en Turín, en 1979 y de re-leer la pieza de Pirandello, que Sciascia decide escribir su libro, retomando el caso periodístico que había motivado la imaginación de Pirandello. La primera puesta en escena de la obra de Pirandello ocurrió en Milán, en febrero de 1930, es decir, un poco antes de la sentencia final del Supremo Tribunal. En la obra, escribe Sciascia, “Pirandello asume la defensa de la señora Giulia Canella: la única persona que, en todo este affaire, merecía realmente ser defendida. Aquella que había creído, que había querido creer: contra todas las pruebas”.

 

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Varias películas se han hecho basadas en esta historia. As you desire me, interpretada por Greta Garbo, en 1932. Y dos italianas con el mismo título: Lo smemorato de Collegno, la primera interpretada por Angelo Musco en 1936, y la segunda por el actor cómico italiano Antonio de Curtis, Totó, en 1962.

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