De cómo no logré escribir un ensayo sobre Bolaño

14 Feb
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Ilustración de Lorena Correa

Por Rafael Gutiérrez

Traducción del portugués de Adriana Valera Rolón

Cuando mi amigo Antonio Marcos Pereira me invitó a participar de un libro de ensayos sobre Bolaño, recibí la noticia con entusiasmo. Desde mi tesis de doctorado, concluida en 2010, no escribía nada realmente nuevo sobre él. Como ocurre después de realizar una investigación tan larga sobre un autor, quedé cansado y algo saturado. Así que intencionalmente busqué alejarme de Bolaño y dejar que la distancia, como en el caso de los amantes, permitiera un mejor encuentro posterior.

Tres años después, pensé que podría haber llegado el momento (y así fue, pero no exactamente como yo esperaba).

Mi primer impulso respecto al ensayo fue recuperar una idea relacionada con la novela de artista. En la primera parte de mi diario del día 17 de mayo de 2013 escribí: “Idea para un ensayo: hacer una genealogía de la novela de artista. Analizar sus cambios técnicos. Comparar con los contemporáneos Bolaño, Vila-Matas, Roth”. La idea, evidentemente, era excesiva, pero pensé que podría restringir el trabajo al análisis de un libro de Bolaño, tal vez, a una parte del libro 2666, “La parte de Archimboldi”.

Me intrigaba, hacía tiempo, la figura de ese escritor oculto, que huía de la fama y del reconocimiento. Me intrigaba justamente por habitar una época en la que el escritor aparece como una superestrella, una época llena de luces y reflectores con una exposición de la intimidad tan acentuada como la nuestra. Quizá, también me intrigaba esa figura y el énfasis en la obra de Bolaño por una cierta ética del fracaso y el anonimato en contraposición a lo que ha ocurrido con su figura y su obra después de su muerte. Juan Villoro planteaba bien la cuestión cuando escribía, en un artículo para el suplemento cultural del periódico argentino Clarín que

[…] el mundo suele encandilarse con lo que se le resiste y la posteridad lo transformó en leyenda. La fama es un equívoco: el asocial Kafka está en todas las boutiques de Praga, el rostro del Che Guevara vende millones de camisetas y Bolaño es la superestrella que vivió para no serlo.

En fin, comencé a leer de nuevo “La parte de Archimboldi” y a hacer anotaciones de lo que leía, buscando específicamente las características de este escritor imaginario, su formación, sus lecturas, su visión de la literatura y del quehacer literario. En mi cuaderno escribí cosas como estas: “Hans Reiter no parecía un niño, sino un alga. Anda con pasos inseguros, pero no por la altura sino porque se mueve como si estuviese en el fondo del mar”. “A los trece años deja de estudiar (1933), año en que Hitler sube al poder”. “Reiter no sirve para ningún trabajo”. “Diferencia entre un buen libro literario y otro: la belleza de la historia y la belleza de las palabras para contarla: Goethe, Schiller, Hölderlin, Kleist, Novalis”. “Primera lectura literaria de Hans: Parzival de Wolfram von Eschenbach. ¿Por qué sería el libro más indicado para él segundo Halder?”. “El maestro de música dice que Hans funcionaba como una bomba de tiempo: una mente tosca y poderosa, irracional, ilógica, capaz de explotar”. “Hans pensó que debajo de su uniforme de soldado de la Wehrmacht traía puesta una ropa de loco o una piyama de loco”. “Escritor y soldado, como Arquíloco, como Alonso de Ercilla. Tradición hispanoamericana”. “Reiter parece tener coraje, pero en verdad buscaba una bala que le diera paz a su corazón”. “Estrategia de describir el argumento de las novelas y cuentos, pero nunca citarlos directamente”. “Las obras menores existen para ocultar las obras principales”. “Archimboldi divide la literatura en tres partes: 1. los libros portentosos: Döblin, Kafka; 2. la horda, sus enemigos; 3. sus propios libros y proyectos”. “Bolaño no corrige suprimiendo, escribe y modula lo que acaba de escribir. Acumula”. “El crítico Junge no logra definir a Archimboldi, pero no le parece un escritor alemán, ni europeo”. “Moravia: escritor burgués y sensato contra Archimboldi: lumpen, bárbaro germánico”.

Tenía muchas ideas, puntos de partida para un posible ensayo inteligente y tal vez innovador. Pero, después de terminar la lectura y tomar notas, no lograba escribir nada. Todo comienzo era rápidamente abandonado. Todo camino me parecía imposible o vano o previamente agotado. Sentía que estaba pasando por un momento de bloqueo creativo, algo que relacioné con una enfermedad que me afligía por esos días y que posiblemente era aumentada por mi hipocondría crónica. Sin embargo, después pensé: ¿el bloqueo es causado por mi enfermedad o la enfermedad por el bloqueo? Ni el gastroenterólogo ni yo logramos develar ese misterio (pese a los altos costos de la consulta).

Lo que sí apareció con cierta claridad durante esos frustrados intentos fue la tendencia de mi escritura a deslizarse constantemente al campo de la ficción.

Así, el primer impulso reflexivo sobre las posibles transformaciones históricas de la novela de artista derivó en la pregunta acerca de las posibilidades de escritura de un ensayo o un texto crítico sobre un escritor imaginario. ¿Puede hacerse un texto crítico o un ensayo sobre un escritor que no existe?, me preguntaba. En ese caso, contrario a lo que ocurre en muchas ocasiones, tenemos mucha información biográfica y ausencia de obra. Tenemos algunos argumentos, algunas referencias críticas (ver el capítulo “La parte de los críticos” de 2666), pero ningún texto. Sería, realmente, un trabajo de detective como quería Piglia, buscar las pistas dejadas aquí y allí sobre una obra que no leeremos nunca. Una pieza adicional para la enciclopedia de las obras que nunca existieron. Pero es precisamente la vida del autor lo que interesa aquí, pensé. Son los rasgos de una personalidad los que determinan su importancia como escritor. Algo, además, que aparece frecuentemente en la obra de Bolaño, tanto en sus ficciones como en sus textos críticos o crítico-ficcionales. Archimboldi parece encarnar muchas de esas características tan positivamente vistas por Bolaño: la valentía, la soledad, la decisión de mantenerse en el anonimato, lejos del mundillo literario, lejos del centro del poder, en la vida errante y a la intemperie, el compromiso radical (casi sacrificial) con la literatura.

Pensé entonces en escribir sobre Archimboldi como si fuese un autor real, haría un estudio crítico o crítico-biográfico sobre Archimboldi. La idea me parecía interesante, pero percibí rápidamente que era justo eso lo que Bolaño había hecho. Al final, terminaría haciendo una selección de datos, ideas, posibles líneas de interpretación de la obra de Archimboldi que ya estaban sugeridos en 2666. Frustrado, decidí abandonar ese camino y pensar en otra alternativa. Mientras tanto, el tiempo pasaba y se acercaba la fecha en que debía entregar el ensayo. En la entrada de mi diario del 8 de octubre escribí: “Estoy perdiendo el apetito y estoy de ánimo decaído. Tal vez por eso no logro escribir nada que valga la pena para el libro sobre Bolaño. Continúo pensando, escribo algunas ideas, pero ninguna parece alcanzar la fuerza necesaria para despegar realmente. ¿Será que no tengo ninguna otra cosa interesante que decir sobre Bolaño?”.

Entre las alternativas que consideraba, una comenzó a ganar fuerza, aunque parecía que de nuevo se deslizaba hacia el terreno de la ficción. ¿Y si Bolaño no hubiera muerto aquel 15 de julio de 2003 con 50 años y en el auge de su producción literaria? Pensé en hacer un juego crítico-profético siguiendo un camino que el propio Bolaño acostumbraba hacer en sus textos. Por otro lado, como recordaba Rodrigo Fresán, a Bolaño le gustaba jugar con la idea de que él había muerto como consecuencia de su primera insuficiencia hepática en 1993 y que todo lo que sucedería después en verdad sería parte de un sueño o una realidad paralela como en una novela de Philip K. Dick.

Mi idea era imaginar el futuro literario de Bolaño si él no hubiera muerto en 2003. Si hubiera aparecido un donante y la operación hubiera sido exitosa. Muy probablemente, pensé, en ese mundo remoto Bolaño no se convertiría en aquella figura pop que domina hoy la escena. Escribiría más y buenos libros, pero también imaginé que tendría algunos fracasos y que, después del boom de esos años la marea bajaría y pasarían incluso largos períodos sin que su nombre se citase en la prensa cultural. Terminaría 2666 y el final sería distinto al que conocemos. Nunca publicaría El Tercer Reich. No sería citado por Oprah Winfrey. No sería vendido como un escritor maldito y sus libros no tendrían tantos lectores en Estados Unidos. Continuaría publicando con Anagrama. Nunca ganaría el Premio Nacional de Literatura de Chile y continuaría hablando mal de Skármeta y de Isabel Allende. Participaría fugazmente como actor en algunos filmes latinoamericanos de culto.

Habría un grupo de jóvenes escritores que lo idolatraría hasta el final de sus días. Habría un grupo de no tan jóvenes escritores que consideraría siempre sobrevalorada su obra. Algunos años antes de morir, a los 84, su nombre sería considerado para el Premio Nobel, pero nunca sería el elegido. Me daba cierto placer imaginar aquellas posibilidades, ¿pero sería posible escribir un ensayo desde ese punto de vista? Tal vez no, lo que escribía se parecía más a una de las biografías ficticias de La literatura nazi en América. No era eso lo que esperaba de un ensayo. No es eso lo que Lukács y Adorno esperaban de mí.

Parecía que volvía al punto cero. Mi amigo Antonio Marcos Pereira me pide un ensayo sobre Bolaño. “Sé arriesgado”, me dice. “Este es el momento”. En vez de continuar animado con la idea, la cuestión iba convirtiéndose cada vez más en una pesadilla. Mi estómago no mejoraba, mi beca de posdoctorado había acabado, mi mujer no tenía tiempo para tener sexo y yo no lograba escribir un texto sobre Bolaño. En el límite de mi desesperación creativa pensé en desistir definitivamente de la idea de escribir algo nuevo y usar uno de los capítulos de mi tesis que aún no habían sido publicados en portugués. Uno de ellos sobre las intervenciones críticas de Bolaño (sus prólogos, discursos, entrevistas) y el otro sobre las características del tipo de crítica ficcional que aparece en algunas de sus obras. Pensaba en eso y escuchaba una vocecita en mi cabeza, como aquella que le hablaba a Auxilio Lacouture en Amuleto: “La salida fácil”. “La salida anticuada”. “Eres un cobarde”. La vocecita tenía razón. Yo no quería hacer eso.

Revisé de nuevo mi cuaderno de notas buscando alguna inspiración y hallé esta idea: “Armar el canon militar-literario pensado por Bolaño”. Otro de los juegos que Bolaño acostumbraba hacer era imaginar a los escritores como miembros de alguna división militar. Ahí, se mezclaba su afición por los juegos de guerra y su visión de la literatura como un combate y de los escritores como valerosos guerreros enfrentados con fuerzas superiores y, la mayoría de las veces, malignas. ¿Junto a quién le gustaría a Bolaño combatir en el campo de batalla? Junto a Borges, sin duda, junto a Cortázar, Nicanor Parra y Enrique Lihn. En la segunda línea de ataque tal vez estarían escritores que él consideraba valientes como Sergio Pitol, Pedro Lemebel, Fernando Vallejo. Estarían escritores arriesgados como Osvaldo Lamborghini o Juan Emar. Estarían escritoras como Silvina Ocampo y Carmen Boullosa. Miembros de la división contraespionaje como Copi o Wilcock. En la retaguardia autores como Aira (sin estar seguro si al final Bolaño lo incluiría en su lista o lo mandaría para la Cruz Roja), Alan Pauls, Andrés Neuman, Rodrigo Fresán, Juan Villoro, Ricardo Piglia, Jorge Volpi, Rodrigo Rey Rosa, Roberto Brodsky. Y, claro, un comando suicida compuesto en su totalidad por poetas como Rodrigo Lira, Mario Santiago Papasquiaro o Diego Maquieira. La gran mayoría de escritores y escritoras hispanoamericanos irían a engrosar inevitablemente las filas de miembros de la Cruz Roja, hombres y mujeres bienintencionados, con algo de talento, con algunas obras valiosas, pero que nunca llegarían a convertirse en guerreros literarios bajo la concepción de Bolaño.

Por otro lado, y pensando en ese canon militar-literario, siempre me pareció exagerada aquella idea según la cual Bolaño habría reorganizado el canon de la literatura hispanoamericana. Mirando con cuidado, con pocas excepciones los autores que Bolaño rescata en sus intervenciones son los mismos que la crítica literaria y otros escritores vienen estudiando y comentando hace décadas. Más que reorganizar el canon, sus intervenciones contribuyeron tal vez para aumentar la visibilidad de ciertos autores poco mencionados por la gran prensa cultural en detrimento de figuras establecidas como los autores del boom o los bestsellers latinoamericanos.

Pero la idea del canon-militar tampoco iba muy lejos. Podría ser tal vez materia para una instalación artística o un poema visual como los de Nicanor Parra (imaginé el escenario, las ropas, las estrategias de combate), pero no parecía tener el aliento necesario para escribir un ensayo sobre esa idea. Llegaba a un nuevo callejón sin salida.

De imprevisto, seguramente motivado por el impulso biográfico y profético ya mencionado y por la lectura de un reciente libro sobre Bolaño (El hijo de Mister Playa. Una semblanza de Roberto Bolaño, escrito por Mónica Maristain), escribí un título en mi cuaderno: “Las últimas horas de Bolaño”. Vinieron a mi mente el cuento de Raymond Carver sobre Chejov, un texto de Tabucchi sobre Pessoa y el libro de De Quincey sobre Kant que había leído hace poco. No quise luchar más contra la escritura ficcional que me dominaba y comencé a escribir un relato sobre las últimas horas de Bolaño. “Que se joda el ensayo”, pensé. “Escribiré un cuento y espero que mi amigo me perdone”. Comencé a escribir el relato y la angustia poco a poco fue disminuyendo, así como mi salud mostraba algunos signos de mejoría. El relato está basado en la entrevista que Mónica Maristain le hizo a Carmen Pérez de Vega, última compañera sentimental de Bolaño. Sin embargo, no pretende ser una crónica o un relato verídico de los hechos. Se trata de un producto de mi imaginación y mi incapacidad para escribir un ensayo sobre Bolaño.

 Las últimas horas de Bolaño

Un cuento (plan B) de Rafael Gutiérrez

Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo en que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría.

Tres rosas amarillas, Raymond Carver

“No puedo más de crímenes”, pensó Bolaño, volviendo a colocar el manuscrito sobre el escritorio. Llevaba más de tres meses sin escribir una sola palabra de la novela y ese día no sería distinto. Se levantó de la silla y fue a la cocina. Puso a calentar agua en el fogón y eligió un té de una pequeña caja de madera. Mientras tomaba el té mirando por la ventana pensó en su obra, en el peso y la responsabilidad de una obra. Luego se rió de sí mismo y movió la mano izquierda en el aire como queriendo alejar un mal pensamiento. Como si ese pensamiento fuera una materia sólida que pudiera simplemente arrojar por la ventana, lanzar por el aire para que se estrellara y se desintegrara contra el pavimento seco.

Mejor revisar los cuentos por última vez, pensó. Quería entregar el libro a la mañana siguiente en Barcelona. Antes de cerrar la ventana sintió una ola de calor que lo golpeó en la cara y lo hizo toser de nuevo. Llevaba algunos días con un catarro persistente. Pasados unos segundos se recuperó y fue a sentarse frente al computador. Abrió el archivo del libro en el que había estado trabajando durante los últimos meses. “Mi seguro económico para el posoperatorio”, le había dicho a Carmen, su mujer, refiriéndose al libro.

En el primer relato corrigió un pasaje sin pensar demasiado en su significado. El pasaje finalmente quedaría así: “Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí”. Cuando lo escribió, Bolaño no pensó en ninguna señal premonitoria como acostumbraba a hacerlo. Solo pensaba en dejar el libro listo y entregarlo a su editor. Así que siguió revisando los relatos, sintiendo la musicalidad de las frases y el ritmo de la narrativa sin pensar demasiado en sus posibles significados ocultos. Al inicio del segundo relato cambió el adjetivo “cariñoso” por “cuidadoso” para referirse a un padre de familia que protagonizaba la historia, y más adelante volvió a cambiar el orden de dos párrafos que, a pesar de todo, continuaban sin satisfacerlo plenamente. Cuando revisaba el quinto relato del libro sintió que algo hacía falta y escribió casi una nueva página entera. Bolaño pensó en ese gesto y en que pertenecía al grupo menos frecuente de escritores que corrigen por adición y no por sustracción de materia. Mientras trabajaba, una frase de Monterroso flotaba en su mente: “Escribir es corregir”, había dicho Monterroso. “Escribir es corregir” repetía mentalmente Bolaño.

La noche comenzaba a instalarse sobre Blanes cuando terminó de revisar el libro. Guardó el archivo en un disquete y salió. El calor había disminuido un poco, pero parecía aún pegado a su cuerpo mientras caminaba. Recogió a su hijo en casa de Carolina, su exmujer. Intercambiaron algunas frases y volvió a casa con su hijo. Bolaño preparó unos macarrones para la cena. Comieron conversando y haciendo bromas. Los dos estaban de muy buen humor. La tos, sin embargo, volvía a intervalos regulares, pero él no quería prestarle demasiada atención al asunto. Después de comer vieron televisión hasta que su hijo se quedó dormido. Bolaño entonces se quedó largo rato contemplándolo mientras dormía y en su pensamiento pidió a los dioses de su biblioteca que lo cuidaran siempre.

Esa noche casi no pudo dormir. La tos y el calor lo incomodaban. Se levantó, dio una vuelta por la casa. Recorrió con la mirada los títulos de los libros en los estantes, pero no se decidió a tomar ninguno. Se quedó algunos minutos observando la ciudad en silencio a través de la ventana. Aquel pensamiento volvía, como una sombra oscura que le nublaba la visión. Bolaño luchaba, pero el pensamiento parecía más fuerte o, en todo caso, él se sentía más débil para enfrentarlo. Finalmente, casi al amanecer, se recostó en la cama y se quedó dormido.

La tos lo despertó. Se incorporó y notó algunas gotas de sangre sobre la sábana. Un acceso de tos lo dominó de nuevo y vio cómo su mano derecha quedaba cubierta de sangre. Se levantó y fue hasta el baño. Se lavó las manos y la cara. Comenzó a sentirse un poco mejor. Apoyado contra el lavamanos vio su reflejo pálido en el espejo e instintivamente movió la cabeza de un lado a otro. Salió del baño, se puso la ropa que había dejado sobre una silla en el cuarto y despertó a su hijo. “Te dejo con tu madre porque tengo que bajar a Barcelona”. Después de dejarlo en casa de Carolina regresó y llamó a Carmen. “Necesito que vengas a buscarme. No me siento bien y esta mañana he tosido sangre”.

Cuando Carmen llegó, Bolaño se sentía mejor, aunque su semblante no era tan alentador. “Nos vamos al hospital”, dijo ella al verlo. “Ya estoy bien, llevamos el libro a la editorial y después vamos al hospital”, dijo Bolaño. En ese momento Carmen pensó que no iba a ser fácil convencerlo. “Lo imprimimos en Barcelona, pero nos vamos ya”, le dijo. Salieron para Barcelona y a medida que el día transcurría, Bolaño parecía recuperar el buen ánimo. Inclusive pararon para comprar algunas cosas antes de llegar a casa de Carmen. Al entrar colocaron las compras en los estantes de la cocina y después se sentaron junto al computador para imprimir el libro.

En la primera página había dos dedicatorias: “Para mis hijos Lautaro y Alexandra. Y para mi amigo Ignacio Echevarría”. La mayoría de los relatos también tenían dedicatorias: a Carmen, a su médico, el doctor Víctor Vargas, a su amigo Rodrigo Fresán, a los traductores Robert Amutio y Chris Andrews, y una más para el escritor argentino Alan Pauls. No era la primera vez que Bolaño dedicaba sus relatos, pero en este caso, es difícil no ver ese gesto final como una despedida.

Cuando terminaron de imprimir el libro, Carmen sacó el disquete de la computadora e intentó entregárselo, pero Bolaño no lo recibió. “No, lo guardas tú”, le dijo. Subieron al auto y Carmen lo dejó en la entrada de la editorial. Bolaño subió para entregar el libro y se quedó conversando con su editor y algunos de los empleados que, como era costumbre, hicieron una pausa en su trabajo para intercambiar comentarios, noticias y opiniones sobre literatura. Hablaron sobre todo de su última novela. Bolaño parecía alegre y recuperado del malestar de esa mañana. Tanto es así que cuando Carmen llegó a recogerlo ya no quería ir al hospital. Dijo que se sentía bien y que no era necesario. Carmen no estuvo de acuerdo y discutieron. Estuvo a punto de hacerlo bajar del auto y dejarlo ahí, pero al final desistió de la idea.

En contra de lo que Carmen pensaba, Bolaño decidió que debían volver a Blanes. En el camino pararon en una de las áreas de servicio de la autopista donde comieron un bocadillo de tortilla de patatas. Mientras comían hablaron de la última película de Alex Cox que habían visto. Una película que Bolaño había visto muchas veces y que a Carmen no le había gustado. Como siempre, cada argumento de Carmen en contra de la película era refutado de manera enfática por Bolaño hasta que, en algún momento de la conversación, después de un pequeño silencio y cuando un enorme camión de carga pasaba por la carretera, Bolaño le dijo: “Al final, tal vez tengas razón”.

Llegaron frente a la casa de Bolaño y se despidieron. Carmen debía volver a Barcelona para recoger a su hija, aunque no estaba totalmente segura de irse y dejarlo solo. Mientras decidía qué hacer, Bolaño se asomó por la ventana y le gritó: “Cuando llegues a casa llámame porque estoy sin saldo”. Aquello fue suficiente para que Carmen decidiera quedarse. Llamó a una amiga para que se hiciera cargo de su hija y subió. Eran las once de la noche y los dos estaban muy cansados, así que se fueron directamente a la cama.

Esa noche Bolaño sueña con sus hijos. Sueña que están en una playa y que encuentran una tortuga enorme detrás de una roca. La tortuga se asusta al verlos y trata de volver al mar, pero lo hace tan lentamente que parece no moverse de su sitio. Los tres se quedan mirando a la tortuga y empiezan a gritarle palabras de aliento: “vamos tortuga”, “dale que se puede”, “a la mar tortuga”. Finalmente, la tortuga alcanza el agua y se pierde bajo la superficie. “Como Hans”, piensa Bolaño en el sueño y de improviso el paisaje se transforma y ahora está solo en medio del desierto. Intenta dar algunos pasos y siente que camina sobre una superficie irregular. Al bajar la mirada se da cuenta de que todo el terreno está sembrado de cadáveres y se despierta sobresaltado.

El reloj sobre la mesa de noche marca las dos y media de la madrugada. Bolaño sacude levemente el cuerpo de Carmen y le dice que no se siente bien y que necesita comer algo. Carmen se despierta y le dice que lo mejor es ir al hospital, pero Bolaño se niega y decide levantarse a preparar un arroz. Se levanta, va hasta la cocina y empieza a prepararlo. El viento golpea con fuerza las ramas de los árboles afuera y se cuela por las rendijas de las ventanas haciendo un ruido agudo. Cuando el arroz está listo se sientan a la mesa. Con el primer bocado, le sobreviene un vómito de sangre. Solo entonces Bolaño acepta que deben ir al hospital. Sin embargo, tiene tiempo de tomar un baño y escuchar una canción, como si con esos gestos banales pudiera alejar la peor de las posibilidades. La canción que escucha habla de gigantes, de un duelo salvaje, de entrar en un mundo descomunal, habla de la fragilidad. Mientras atraviesan en silencio la autopista vacía rumbo a Barcelona, un verso continúa repitiéndose en la mente de Bolaño: “Me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz”.

Cuando llegan al hospital son las cuatro y media de la mañana. Bolaño parece tranquilo. Le toma la mano a Carmen y le pregunta cómo está. Carmen no puede responder. Mientras esperan a los médicos, Bolaño se sienta en una silla del hospital y Carmen junto a él sobre una camilla. “¿Te acuerdas del chiste de Nuria?”, le dice Bolaño. Carmen sonríe. “Un tipo se le acerca a una chica en un bar. ‘Hola, ¿cómo te llamas?’, le pregunta. ‘Me llamo Nuria’. ‘Nuria, ¿quieres follar conmigo?’, dice el tipo. Nuria responde: ‘Pensé que nunca me lo preguntarías’ ”.

***

Después de pasar diez días en coma, a consecuencia de una insuficiencia hepática, Roberto Bolaño murió el 15 de julio de 2003 en el Hospital Valle de Hebrón de Barcelona.

 

Pd: La versión original en portugués del ensayo fue publicada en el libro “Toda a orfandade do mundo. Escritos sobre Roberto Bolaño”. Organizado por Antonio Marcos Pereira y Gustavo Silveira Ribeiro. Editorial Relicario, Belo Horizonte, 2016.

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